sábado, 13 de abril de 2013

Sendero de frío y amor.

INTRO


Lulu es ya una mujer y camina como una niña. Pisa los charcos, olvida las aceras, vuela raso por encima del sembrado, se adentra en el bosque para charlar con los lobos. Se adentra en el bosque para buscar el cuerpo de su madre y lo imagina cubierto por la madreselva y el romero o quizás, sembrado de trigo o de centeno. Su madre, comida por el olvido como una planta trepadora que paraliza a toda la familia. Su madre, que salió a dar un paseo y le dijo: espérame aquí y no te muevas. No te muevas.

 Lulu no fue obediente, y después de la detonación, salió despedida en muchas direcciones. A Madrid y luego a Londres, que son ciudades sin recuerdos agazapados. Allí es posible ser libre, o por lo menos fingirlo, vivir un poco atolondrado y sin que cada gesto y cada palabra tenga un peso detrás.

Mati es la hermana de lulu y lo lleva siendo muchos años. Tiene una vida bien urdida y se afana por contruir el día con los mejores materiales. Tiene novio, finca y casa.Y su futuro marido vive en un edificio señorial de la ciudad de león. El muro que ha construido es esbelto y con flores. Geranios y petunias. Naturaleza doméstica, que hacen juego con las cortinas del salón. Es abogada de cierto prestigio y al acabar el trabajo vuelve al pueblo, con su padre. Allí le llegan los rastros del pasado; y justo antes de dormirse -cuando su habitación se desordena- se cuelan los fantasmas.

A una señal, lulu decide volver a casa. Y en el reencuentro con mati caen los muros, pero persiste la ausencia. Irán juntas por el camino antiguo, el de los extraviados, al fondo del bosque buscando las respuestas. Hacia atrás en la memoria hasta dar con la dama de los rastrojos, o con el lobo que es un charlatán incurable. Preguntarán cuál es el camino que tomó su madre, y por qué se fue. Que el mundo es muy grande, pero no tanto como el corazón de una niña. Preguntarán si está viva y si las abandonó, o se olvidó del camino de vuelta. Preguntarán si cayó en la trampa del cazador. Y al final, en las respuestas, está la madre agitando la mano despidiéndose para siempre.




ENTREVISTA A MARTA DEL RIEGO ANTA  POR SENDERO DE FRÍO Y AMOR (ed. Suma de Letras)

-¿Por qué escribir si está todo escrito?
 Quiero escribir lo que no está escrito.
- ¿Te llevas tus personajes al trabajo?
No. En cuanto entro en la redacción, todo queda atrás. Mis personajes se quedan en un rincón de mi cerebro, latentes, pero mudos.
- ¿De qué forma quieres/te gustaría trascender?
Contando historias y contarlas de una forma hermosa, hermosa en el sentido de que el que la lea, sin darse cuenta –y esto es muy importante- disfrute también con las palabras, no solo con el argumento.
-¿Te imaginas tus obras en un futuro, tu palabra de escritora, tu misma fama literaria? ¿Te la imaginas influyendo en la realidad como otros han influido?
No pienso conscientemente en el futuro, cuando esté bajo tierra, ¿qué más me dará cómo me consideren? Y sin embargo...  hay algo ahí, que me dice que dejar algo escrito es la única forma de trascender. Es como tener otra vida en el más allá. Como entrar en una especia de paraíso. Y, habiendo paraíso ¿quién querría estar en el limbo? Ni en el limbo de los mediocres ni en el infierno de los pésimos...
-¿Qué escritoras/es te gustan? ¿Quién te ha influido?
-Me ha influido la vida, en primer lugar. El lugar brumoso donde crecí, la familia enloquecida y llena de peros que me rodeaba, la casa junto a otra casa junto a otra casa, con una puerta junto a otra puerta y una escalera que llevaba a una azotea que llevaba a un sótano, y a otra puerta, y siempre, alguien escuchando detrás. Si vives una infancia un poco salvaje, de ahí nacen todas las historias. Yo crecí ahí,y además, rodeada de libros: libros en casa de mi abuelo, un empresario hecho a sí mismo, biografías de triunfadores, Al Capone, Stalin, Churchill, las historias de superación del Selecciones del Readers Digest, donde un hombre solo luchaba contra un oso grizzly o contra el ministerio de Hacienda; la Madame Bovary y la Regenta de la librería del salón de mi casa; la biblioteca de La Bañeza, con sus antologías de Zane Grey, de Walter Scott, de Corto Maltés, sí eso también, y luego, mis descubrimientos: los escritores sureños estadounidenses con sus tragedias y su paisaje furioso, Faulkner, Flannery O´Connor, Carson MacCullers... Poesía, también me tiré ahí de cabeza, Sylvia Plath, y Alfonsina Storni, Wallace Stevens y Leopoldo María Panero. Antonio Colinas, mi paisano, que me prestó el verso que da título a mi novela... 
- ¿Algún rastro concreto de una escritora en este libro?
-Al principio del libro hay una cita de Flannery O´Connor, de un relato titulado “La buena gente del campo” y dice: “La gente buena del campo es la sal de la tierra”. Nadie como O´Connor para retratar las miserias de la gente del campo. Y otra de mis favoritas: Joyce Carol Oates, esa señora de casi 80 años, fuerte, agresiva, violenta. Sus novelas hacen temblar.
- Después de tantos años, yo sigo viendo en los hombres una obsesión por la historia (contarla y pasar a) y en las mujeres por la intrahistoria. Eso puede derivar en un engolamiento en el macho y en un sentimentalismo en la hembra. ¿Qué te parece esta chorrada que acabo de decir? Háblame sobre esto, gitana.
Ja, ja, sí, de prejuicios está hecha la literatura. El otro día alguien colgó en Facebook, una escritora indignada debía de ser, que vista la discriminación que había contra las mujeres en el reparto de premios literarios, habría que hacer una categoría femenina y otra masculina como en las olimpiadas. Era algo así como: hay distintos raseros para unos y otros. Casi me atraganto de la indignación. Lo siento, pero el único estándar literario que existe es el de la excelencia. Independientemente del género.
- ¿Te identificas más con alguno de los personajes de la función? ¿Mati o Lulu? ¿Hay rasgos tuyos en alguna?
No sé con cuál me identifico más, o si lo hago con alguna, a veces puedo ser tan insoportable como Mati, tengo ese punto de querer tenerlo todo bajo control. Aunque curiosamente la gente que me conoce poco tiende a identificarme con Lulu. ¡Me encantaría ser tan libre y espontánea como ella! La verdad es que he tomado rasgos de mi personalidad, llevándolos al extremo, pero no soy ninguna de las dos.
-¿Qué leías de niña? ¿Y escribías algo? ¿A qué edad empezaste a escribir?
El primer libro que leí sin dibujos fue una historia de los Siete Secretos de Enid Blyton (esa escritora machista-masoquista). Yo tenía seis años, me lo regaló mi madre por mi cumpleaños un verano, después de que yo exhibiera una pataleta monumental en la librería porque yo quería libros ilustrados. Ella dijo que no, que ya era hora de pasarme a los otros, a los de verdad, a los de adultos. Lo leí en dos noches mientras caía una tromba de agua infernal y el viento huracanado agitaba las palmeras del paseo marítimo de PeñÍscola.
En cuanto a escribir, yo era la alumna gordita y despistada que escribía y leía (en voz alta) las redacciones en el colegio. Ahí descubrí con mayúsculo asombro cómo era posible hacer reír a una clase entera contando tonterías, por ejemplo, describiendo cómo mis compañeros abandonaban el aula a la carrera en cuanto sonaba el timbre. Luego, claro, me dediqué a ganar los concursos de redacción del colegio, pero más que nada porque apenas se presentaba nadie... 
- ¿Siempre llevas una novela dentro? ¿Eso pesa, te angustia o te alivia?
¿Siempre llevo una novela dentro? Que pregunta... puede ser, desde luego, cuando estoy escribiendo una, ya pienso en la siguiente. También pienso en muchas historias cortas, en frases para el Twitter, en versos. Y eso me alivia, no me angustia en absoluto. Escribir no es sufrir, eso es una falacia que alguien se inventó para darle más profundidad al asunto, yo disfruto muchísimo escribiendo. Es como si el mundo se estirara, se alargara, hay una realidad paralela que espera a ser contada. 
- ¿Te cuesta pasar del afuera vital al adentro de la palabra?
No. Hay un click rapidísimo, una tecla que he aprendido a pulsar, un, dos, tres, ya, es como tirarse a la piscina: el agua está siempre un poco fría, pero en un momento, haciendo un par de largos, entras en calor.
-Hasta ahora tu estilo es claro -en el sentido de que lo que prima es contar una historia y que se entienda-. ¿Es algo instintivo o la novela tiene un trabajo intelectual anterior? ¿Será para siempre así?
Es instintivo en el sentido de que en una primera versión pongo una frase detrás de otra, ejercito mi estilo periodístico, podríamos decir, la transparencia que aplico a un reportaje. Pero luego, reescribo infinitamente, reescribo y reescribo, en una especie de proceso de deconstrucción. Mi estilo es claro aparentemente, pero los párrafos  se fragmentan y se repiten. Me dejo llevar por el oído, creo que el oído es importantísimo para escribir. ¿Cómo suena un estilo, una forma de escribir? Que tenga una especia de ritmo interno. Como la poesía. Sí, mi forma de escribir es instintiva e intelectual a un tiempo, ¿es eso posible?
-¿Si yo te digo lo que puede funcionar en una novela, me harías caso o seguirías orgullosa tu propio camino? ¿Te da igual el tema o es fundamental?
Si tú, tú como persona a la que respeto intelectualmente, me aconsejas, probablemente te escucharía con una mitad del cerebro, y luego quizá, solo quizá, te hiciera caso. Si cualquier otro me dice algo sobre mi novela, lo escucharía educadamente y luego haría lo que me diera la gana. Hombre, si Joyce Carol Oates me diera un consejo sobre mi novela, la obedecería con fruición... o no... Mmm, creo que lo de “seguir orgullosa mi camino es una buena definición” de mi cabezonería.
Y esto son dos preguntas muy distintas en una. ¿El tema? Por supuesto no me da igual. Si tuviera que escribir una novela histórica –como me propusieron en el momento de auge de las novelas históricas- o una de erótico-festiva –como también me han propuesto ahora-, no lo haría. Porque yo escribo por placer, y escribo las historias que quiero contar, lo que siento que está ahí llamándome (con las manos en forma de bocina) para que yo lo escriba.
-¿Dónde se cuentan mejor las historias o dónde te gusta más cómo se cuentan? (me refiero a regiones)
La cuestión regional... claro, yo solo puedo hablar de Madrid y de León. Y a mí me gusta cómo se cuentan las historias en León. Oscuras, misteriosas y... llenas de mala leche. La mala leche en León le quita la cosa cursi a las historias y las leyendas. Es un poco el estilo Flannery O´Connor. Te cuento una historia que es una tragedia y luego ¡te doy una colleja porque te la has creído a pies juntillas! En Madrid es todo tan frenético, las historias tienen otro ritmo, pero también pueden ser muy graciosas, menos profundas, eso sí, más de gente que entra y sale, que va y viene.
- ¿Qué te fascina de un contador de historias, tanto oral, como escrito?
Que sepa crear una atmósfera. Y que sepa reproducir diálogos, eso es importantísimo.
- ¿Tienes la impresión de que la literatura española está varada?
Uy, eso es territorio pantanoso. ¿Española o en español?. Leo poca literatura española, quizás Trapiello. Leí a Roberto Bolaño, y creo que es imposible superar eso, su dominio del idioma, entre Borges y Vargas Llosa, el estilo discursivo de un Robertson Davies... Y esa pasión de escribir sabiendo que se iba a morir, que tenía los días contados y por eso tenía que acabar tantos textos; su historia me conmovió, me conmueve. Me divierte Agustín Fernández Mallo y su invención de la generación Nocilla. Me gusta Roncagliolo o Juan Gabriel Vásquez. Y luego, el nuevo periodismo latinoamericano está dando maravillosos contadores de historias como la argentina Leila Guerriero. Pero, he de reconocer, que mis maestros en español están todos muertos. Nuestro escritores actuales españoles se miran demasiado el ombligo. Ahora leo sobre todo autores estadounidenses, Richard Ford, Foster Wallace, John Fante, Cheever... Me interesan  mucho ciertas escritoras centroeuropeas de entreguerras y posguerra como Unica Zürn y la estética exquisita de los japoneses como Kawabata.
- ¿Qué personaje de la novela te dio más problemas? ¿por qué Mati y Lulu son mellizas?
Me interesa el juego de la duplicidad de las mellizas Matilde y Lucrecia. Dos niñas que nacieron al mismo tiempo y sin embargo la reacción ante un mismo hecho que les sucede a las dos, la pérdida de la madre, es muy distinta. Parten de lo mismo, pero evolucionan de forma diferente. Y eso es justo lo que me dio más problemas, diferenciar a las dos. Hubo momentos en los que pensé que era demasiado ambiciosa: ¡contar la novela desde el punto de vista de dos hermanas tan opuestas! Al principio las voces de ambas se parecían. Tuve que trabajar mucho las diferencias, tanto las físicas como las de carácter.
-¿Cómo influye la ausencia de la madre en Mati, Lulu y en la familia en general?
En cada uno de forma muy distinta. Digamos que la familia se estanca, se queda atrapada en el momento en el que la madre desaparece. Las hermanas se distancian tanto, que cuando se reencuentran, apenas son capaces de reconocerse. En cuanto al padre, su vida se detiene en esa pérdida, en un amor melancólico por una mujer, que él piensa, que lo abandonó.
- En tus dos novelas, la familia tiene un peso fundamental: ata y no es posible la vida fuera de ella. Háblanos sobre tus impresiones. ¿Es algo arquetípico del noroeste español, de toda España?
Sí. ¿Qué sería de nosotros sin la familia? Ahora mismo, es la familia la que está sacando adelante el país. En España cumple el papel de un estado que está cojo y renqueante. Y por otro lado la familia marca un territorio, levanta barreras, te deja marcado. Para bien y para mal. Es un eslabón, un condicionante. De ahí parten muchas de mis historias, es un campo muy fértil para el drama, la tragedia y la comedia.
-¿Y el catolicismo? Ya nadie habla del catolicismo, pero está ahí como el secreto del lago. ¿Qué significa tener una educación católica para una escritora de León?
¿Para una escritora de León? ¿y de otros lugares? No sé si de León, pero es verdad que el catolicismo está ahí, más bien llega como un retrosabor de nuestra infancia. La catequesis en esas iglesias heladas y polvorientas, los rosarios, las letanías... y jugar a las chapas miles de pesetas en la sacristía el día del Triunfo (en Semana Santa, en mi pueblo). Bueno, si no existiera la iglesia católica habría que inventarla como tema literario. En las novelas estadounidenses se trata la religión de forma mucho más antropológica, las peleas entre baptistas, presbiterianos y luteranos en un pueblo... me hace gracia. Le quitan la intensidad y la trascendencia.
-¿Echas de menos algo de la infancia?
Sí. Mi escritura, como ya he dicho, parte de mi infancia. En Sendero... la reflejé en parte, en cuanto que las mellizas están todo el día fuera de casa, viven en un pueblo con pocos coches, sin peligros, juegan con otros niños, van a clase solas. Una familia atareada. Aunque mi infancia fue mucho más feliz, por supuesto. Con sus pérdidas y sus ausencias, pero feliz. Y libre, íbamos solos a todas partes.
-¿La novela tiene algún tipo de banda sonora?
-Escribo siempre con música. Música barroca como Bach y también piano de  Chopin, Listz... Y todo tipo de música contemporánea: francesa, Dominik A, Serge Gainsbourg, fado, punk, the Clash, Sex Pistols, Tom Waits... En la novela mezclo música punk, The Clash, que escucha Lulu porque ha vivido en Londres, con canciones del folclore leonés, que son parecidas a las jotas castellanas, pero con un ritmo más lento y más melancólico. De niña mi madre nos las ponía a todas horas y nos las sabíamos de memoria. Eso y Tchaikovski.  Las letras y los ritmos del folclore leonés son muy repetitivos, casi hipnóticos, y eso me sirve para darle a ciertas escenas un aire angustioso, sabes que algo va a pasar, como si fueran premoniciones. Juego con eso y con las supersticiones de allí. Por ejemplo que la grulla vuele de una determinada manera por encima del tejado, trae mala suerte.
-En tu novela aparecen sitios muy concretos, el río Eria, los Picos de Europa...
El paisaje es un personaje más. El río Eria, el Teleno, el molino... El río, el río es una metáfora del misterio, y de cómo la naturaleza es inmutable. El río fluye inmutable a pesar de todos los cambios y catástrofes que le sucedan a los hombres. Cómo se enfrentan las dos hermanas al paisaje es interesante: a Lulu le fascina el río y el campo. Pero no lo entiende, no lo conoce. No sabe cómo se llaman las plantas ni los pájaros, pero le hace sentirse libre. A Mati le gusta de un forma más racional, quiere saber más de la naturaleza, cómo funciona.
-¿Por qué elegiste situarla en 1992?
-Es el año cuando fuimos ricos, y luego todo se derrumbó, como en la crisis actual. Eran años en los que los agricultores tenían dinero, salían mucho, se abrieron discotecas y clubs de alterne en muchos pueblos y había bastante droga. No es un campo idílico ni un campo maldito y austero como la Castilla de Miguel Delibes. Es León, es más verde, con más zonas sombrías, no es la meseta, es el inicio de la montaña como una promesa mágica. La gente es socarrona, cerrada, un poco fantasiosa, les encanta saber de la vida de los demás. Naces marcado por un destino, por un apellido, pero te puedes rebelar. De lo que es difícil escapar es de la llamada de la tierra, es más fuerte que la sangre. Además, quería que aún no existiera Internet ni los móviles, elementos que molestan en una novela. Es como un ruido de fondo... Sendero de frío y amor es una novela que podría transcurrir ahora, pero los personajes se encuentran en persona en vez de enviarse correos electrónicos y estar llamándose todo el rato por el móvil.
- ¿Te gustan las catástrofes en la televisión?
No.
- ¿Qué libros te llevarías a un centro comercial asediado por los zombies?
Mmm, algún novelón que me absorba hasta los tuétanos... y sobre todo una buena botella de vino, y de postre, unas pastillas de esas que te hacen dormir eternamente... Sufrir, lo mínimo.
-¿Piensas en cine cuando escribes? ¿Y en qué películas?
Lo que pienso es la construcción de escenas, en cada detalle, en dónde se sitúan los protagonistas, en qué ropa llevan, cómo se mueven, la cara que ponen... Todo eso está en mi cabeza. Una vez hice un curso de guión y eso me ha ayudado mucho a construir los personajes, su arco de transformación. Me gusta que ese arco sea muy amplio, que los personajes evolucionen en la novela, que empiecen siendo algo y terminen siendo  otra cosa muy distinta.
- ¿Prefieres la mala literatura o la televisión o las conversaciones ajenas?
Las conversaciones ajenas, sin duda.
- ¿Tienes envidia de las personas que no tienen literatura, que sólo viven, hala a lo burro?
Ja, ja, vivir a lo burro... No tengo envidia ni pena. Cada uno que sea feliz como quiera.
- ¿Cuál de tus experiencias de tu vida personal te ha servido *más* para escribir? ¿Alguna vez piensas cuando te sucede algo *esto me sirve para el libro*?
Sí, a menudo, lo voy guardando en ese cajón de “experiencias para literaturizar” o algo así. No sé, a veces siento que vivo dos vidas, Marta y la escritora. O que soy un poco ladrona, robo historias de los demás, atrapo todo lo que brilla como las urracas.
- ¿Qué tiene León como escenario? ¿Algo más que ríos, horizontes y vacas pastando?
León es el noroeste. Y yo me considero una escritora del noroeste, si es que eso quiere decir algo. Supongo que cuando creces en un sitio umbrío, con inviernos que duran ocho meses, con semanas enteras bajo la niebla, eso te da una perspectiva distinta. Crecí en un pueblo-ciudad, mi padre, además de su trabajo como secretario de ayuntamiento, tenía sus tierras y una granja de ovejas. En mi familia la palabra es muy importante, tengo un tío obispo y otro psiquiatra, es decir, ambos “manipulan” la palabra, y mi casa estaba llena de libros. Llevábamos una especie de doble vida, por un lado, cuando los domingos regresábamos de pasar el día en la granja de ovejas, mi madre nos obligaba a desnudarnos, poner toda la ropa en un montoncito para comprobar si había pulgas y meternos en la bañera, y dejábamos un reguero de paja y cagarrutas de oveja por el pasillo. Por otro, mi madre también nos obligó a ir a clases de piano durante diez años. Yo era una pésima pianista, pero me sirvió para apreciar la música y educar el oído. Y como ya he dicho el oído es esencial para escribir.


1 comentario:

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